sábado, 20 de octubre de 2007

Giacometti, escultor y pintor mal conocido.


Alberto Giacometti nació en la Suiza “italiana” en el primer año del siglo XX. Nació en una familia de artistas -su padre, su tío, su hermano eran pintores- que favoreció el desarrollo de su gran creatividad. Estudió pintura y escultura en su país natal y en Italia, pero fue París, donde se estableció a los 21 añosde edad, la ciudad que le vio consagrarse como el más connotado representante del arte escultórico surrealista.

Se vinculó con grandes personajes del arte de su época como Pablo Picasso, Joan Miró, Jean Paul Sartre y André Breton. Con este último colaboró de cerca en la famosa publicación “El surrealismo al servicio de la revolución”.

Después de pasar en Suiza la segunda guerra mundial regresó a París para casarse ahí con Annette Arm, su paisana, quien habría de impulsarlo en su carrera de escultor y pintor. Tal vez una de las grandes frustraciones de este gran artista fue su deseo de que se le reconociera su condición de pintor al mismo nivel que su obra escultórica, cosa que no ocurrió durante su vida.

Lleva con orgullo su arte a América del Norte donde fue reconocido y apreciado, particularmente en Nueva York. Ahí expuso por primera vez en la galería Pierre Matisse presentándose con un catálogo cuya introducción fue escrita por su amigo Jean Paul Sartre. Muere prematuramente, a los 65 años, de regreso en su país de origen,

En torno al aniversario de su nacimiento, el 10 de octubre, París le ha querido rendir merecido homenaje en el Centro Pompidou presentando una buena cantidad de obras suyas totalmente desconocidas del gran público en virtud de extrañas circunstancias que son bien explicadas en la nota periodística de Octavi Martí aparecida recientemente en el periódico El País y que a continuación se transcribe:

"La familia del artista es un peligro. Aunque la afirmación es excesiva, son muchos los pintores, dramaturgos, poetas o artistas en general que tienen una posteridad difícil debido a su esposa, hijos, nietos, sobrinos, primos o primos segundos. Es el caso de Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901-Coire, 1966). Murió sin testar, y durante más de 25 años -hasta la creación de una fundación, en 2003, que gestiona los derechos de la herencia- la viuda y resto de familiares se enzarzaron en una guerra que mantuvo invisible una gran parte del legado Giacometti.

El Centro Pompidou de París presenta, hasta el 11 de febrero de 2008, L'atelier d'Alberto Giacometti, una exposición que reúne más de 600 obras, entre ellas unas 200 esculturas, 60 pinturas y 170 dibujos, la mayoría de ellos nunca expuestos hasta ahora. El núcleo de la muestra son los muros de yeso de los tres talleres en que trabajó Giacometti a lo largo de su vida, los dos suizos en Stampa y Maloja y, sobre todo, el mítico estudio parisiense, tantas veces fotografiado, del 46 de la Rue Hippolyte-Maindron, desgraciadamente derribado por la presión inmobiliaria.

El Giacometti que nace de esta exposición es muy diferente del consagrado por sus célebres exposiciones estadounidenses de los cuarenta, cincuenta y sesenta, todas ellas centradas en un artista que inventa unas figuras filiformes, una imagen de la soledad e indefensión del hombre contemporáneo tras la II Guerra Mundial y el horror de los campos de exterminio, una imagen que a él le irritaba: "No me siento ligado a ninguna poética de la soledad". El Giacometti pintor de esos años es un creador próximo a ciertas preocupaciones de Bacon, con figuras cuyo rostro se descompone, borrado por un simple gesto. El artista del Pompidou es mucho más variado, no sólo porque nos recuerda su evolución, con su largo periodo cubista o constructivista, su momento surreal y un continuado estudio de los clásicos -Durero, Rafael, Tiziano, Velázquez, entre ellos-, sino también porque nos permite adentrarnos en el proceso de trabajo del creador, en su aceptación del azar, del tiempo, en su reflexión sobre la idea misma de terminar una obra, su relación ambivalente con la noción de maestría. Giacometti aparece un poco como un chamán: "Desde hace años no hago otra cosa que esculturas que se ofrecen a mi espíritu. Me he limitado a reproducirlas sin cambiar nada", decía el artista.

El material recuperado del estudio también permite poner un límite al mito de Giacometti como gran destructor que sólo conservaba lo esencial, el destilado de su arte. "Nunca he destruido una obra voluntariamente. Lo que yo llamo destruir consiste simplemente en deshacer para mejorar, para continuar", dice en uno de los textos rescatados. Y su modelo japonés, Isaku Yanaihara, lo confirma al contar que en 1956, al no disponer de otra tela, Giacometti decidió servirse de un retrato anterior para pintar sobre él a Yanaihara. Otras veces el creador del mítico hombre caminando, en mil ocasiones declinado, reconoce haber hecho desaparecer alguna de las obras en las que trabajaba por otro tipo de razones, como ese busto de Picasso que decidió destruir y no exponer en Estados Unidos. "Porque me sería muy desagradable que puedan pensar -y habría personas que lo harían- que he expuesto un Picasso para hacerme algo así como publicidad, algo que destruiría todo el placer que la exposición ha de procurarme". Una actitud orgullosa que contrasta con la de tantos artistas que esperan heredar un poquito de la fama y el prestigio de las personas que retratan. Otra forma, en definitiva, de los peligros que entraña la familia, incluso cuando es electiva"