sábado, 1 de mayo de 2004

Europa se reencuentra.

Viñetas de la vieja Europa

¡EUROPA SE REENCUENTRA!

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez

Ayer sábado 1 de mayo del 2004 pasa a la historia como una fecha memorable. En el seno de la Unión Europea, ámbito político, social y económico, la vieja Europa se reencuentra. En 1945, en la Conferencia de Yalta, Roosvelt, Churchill y Stalin dibujaron en la víspera de la derrota Nazi, las fronteras y divisiones artificiales de una Europa que no se correspondía consigo misma. Se trataba de transigir entre cosmovisiones e ideologías opuestas para salir de un devastador conflicto bélico. Empezaba otro conflicto no tan destructivo pero igualmente amenazador: el de la guerra fría, que no habría de terminar sino hasta la última década del siglo con la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética.

Poco después de la guerra, en 1950, algunos visionarios proponen entre los países europeos una autoridad común para dirigir las actividades del carbón y del acero por entonces la principal industria base de la reconstrucción del continente. El año siguiente, en 1951, se establece formalmente el CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero). Lo integran Bélgica, Alemania del Oeste, Francia, Italia y Holanda. Seis años después de un manejo exitoso a través de este primer intento de ver las cuestiones importantes de forma comunitaria, en 1957, se firma el Tratado de Roma y nace oficialmente la Comunidad Económica Europea, la llamada Europa de los seis.

Una década más tarde, empezando 1968 y ya con los brotes sociales que marcaron esa época en puerta, las seis naciones de la CEE deciden abolir sus aduanas y permitir por primera vez el tránsito sin fronteras de las mercancías uno de los objetivos definidos para la comunidad. Los otros dos, el flujo sin restricciones de capitales y de personas se alcanzarían más tarde. En 1973 el Reino Unido, Dinamarca e Irlanda deciden incorporarse de pleno derecho a la CEE. Esta se amplía pasando de seis a nueve países miembros.

En los siguientes años se establecen por medio de complicadas negociaciones las instituciones que servirían para el manejo y el control de la Comunidad que ya adquiría características supranacionales. Advirtieron los países miembros la necesidad de delegar parte de su soberanía en órganos que aseguraran el buen gobierno de los intereses comunes. En 1975 se establece el primer Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno. En 1979 se elige por primera vez por sufragio universal el Parlamento Europeo.

Continúa el crecimiento del grupo. En 1981 Grecia se incorpora a la Comunidad como el décimo país integrante. España y Portugal seguirían en 1986 libres ya, ambas naciones, de las dictaduras feroces que las mantuvieron sumergidas en la depresión social y económica y marginadas del movimiento comunitario de su entorno. Es ya la Europa de los doce que se compromete a concluir con un gran y único mercado a más tardar en 1992. De hecho, desde 1985 se había iniciado el proceso denominado de Schengen que culminaría con la eliminación de los controles en las fronteras internas permitiendo el libre tránsito de las personas en todo el territorio de la Comunidad.

En 1990 se reunifican las dos Alemanias. El ignominioso muro de Berlín había caído. Terminaba la guerra fría y con ella el pesado fardo de intranquilidad y de zozobra que agobió a dos generaciones enteras de la humanidad, la nuestra y la de nuestros padres. La Unión Soviética se desintegra y suelta el control de los países que integraban su área de influencia. La Comunidad Europea inicia el diálogo de acercamiento con Polonia, Hungría y la Checoslovaquia que habría luego de escindirse.

Tres países más se incorporan en 1995 al grupo comunitario: Austria, Finlandia y Suecia. Ya son los quince que eran hasta el viernes pasado a la medianoche. Poco antes se había firmado el tratado de Maastricht que planteó la Unión Económica y Monetaria y que alcanzaría su madurez con el lanzamiento del Euro como moneda única, cuestión que se logra a partir del 1 de enero de 1999 cuando esa divisa se convierte en la moneda aceptada en doce de los quince países ya que el Reino Unido, Suecia y Dinamarca deciden por el momento segregarse del proceso de integración de la moneda común.

En ese mismo año, en 1999, se reconoce y queda de manifiesto la candidatura potencial de 13 países más para incorporarse a la Europa de los quince. Entre estos 13 países está Turquía, Rumania y Bulgaria. Estos dos últimos se integrarán, si hacen su tarea, hasta el año 2007, junto con Croacia el primer país egresado del conflicto balcánico que parece alinearse. El caso de Turquía es hoy el gran debate en todo el ámbito europeo. ¿Es Turquía la Europa? ¿Es el Islam? ¿Debe ser la Europa de la geografía exclusiva o la Europa abierta a los otros territorios allende el Mediterráneo? Asignatura pendiente. Está por verse.

En el Tratado de Niza, firmado en el 2000 se establecen los derechos de los ciudadanos europeos -expresado esto así por primera vez- y se establece la conveniencia de una Constitución política cuyo proceso de elaboración se inicia dos años más tarde mediante el establecimiento de un Constituyente que preside el ex presidente francés Valery Giscard d’Estaing y que recién termina su esfuerzo preparatorio. Más tarde, ya en el 2002, se pone definitivamente en circulación el Euro como moneda única en 13 de los 15 países que integran la Unión y en ese año, en la llamada cumbre de Copenhage, se acepta la entrada de 10 nuevos miembros, fijándose como fecha para su ingreso el 1 de mayo del 2004.

Esa es la cita histórica que acaba de vivirse. A ella llegaron puntuales tres pequeños países del Báltico: Estonia, Letonia y Lituania, cinco más del corazón de la vieja Europa: Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia y la más sureña de este conjunto, Eslovenia, que se remoja tímidamente en el Adriático. Finalmente, para completar los diez, dos naciones insulares: Malta que con sus 400 mil habitantes es el más chico de los países miembros y Chipre, el más levantino, con su dramático problema de frontera interna sin resolverse por lo que sólo el sur de la isla, la parte griega, será integrante de la Unión por el momento.

Hay tres episodios por delante que completarán la etapa actual de construcción de este portentoso edificio, obra maestra de la voluntad política del ser europeo que reúne ya a 450 millones de habitantes, 75 más de los que eran hasta la pasada última semana de abril y que son los que aportan los diez nuevos miembros, hablando 20 idiomas diferentes y aspirando todos a un mismo objetivo de desarrollo y de prosperidad. Esos episodios son, la elección este mes de junio de un nuevo parlamento compuesto por 732 eurodiputados ya con la representación proporcional de los 25 estados miembros. Después, la aceptación del proyecto de Constitución que debe ser aprobado por los jefes de estado y de gobierno de cada país también este próximo mes de junio, para que finalmente tal Constitución sea sujeta a la ratificación, por referéndum o por la vía parlamentaria, en cada una de las naciones integrantes. Por último, la definición de los próximos países (¿los finales?) que deberán integrarse a la Unión y particularmente la decisión de la inclusión o no de Turquía, del ancestral enemigo de la Europa de la cristiandad, de los herederos del imperio Otomán.

En medio del optimismo que provoca este gran proceso unificador queda claro que la esperanza de una nueva Europa está en el centro de las expectativas colectivas. La vieja Europa transformándose en Europa nueva mediante el reencuentro de sí misma, mediante su liberalización, su apertura, sus prácticas democráticas, su economía integrada. Viéndola bien, es la Europa de nuestros abuelos la que hoy toca a la puerta para reinventarse, ya despojada de sus vicios, de su arrogancia, de sus inequidades, de sus egoísmos, de sus ambiciones insostenibles. Esa vieja Europa es la que, en un esfuerzo político de largo alcance, de gran imaginación y concertación, digno de imitarse, ahora se transmuta y se erige en espacio de libertades, de paz y de prosperidad para sus habitantes.

Queda claro también que esta Europa nueva, Europa vieja reencontrada, enfrenta hoy verdaderos desafíos e innumerables problemas que ha de resolver si quiere concluir lo que ha tejido en este medio siglo de empeño terco, consistente y eficaz. Desafíos económicos, institucionales, políticos, culturales, todos ellos tendrán que resolverse. ¿Se podrá? Yo quisiera apostar a la reciedumbre y al carácter de este ser europeo que nos sirve de ejemplo. ¡Deberá poderse! ¡Ojalá!

Y para concluir, yo me pregunto, yo nos pregunto: ¿Y nosotros? ¿Y nuestro proyecto? ¿Y nuestro México? ¿Qué acaso será nuestro sino seguir a la deriva? ¿Qué será imposible ponernos de acuerdo tan siquiera sea entre nosotros mismos? ¿Por cuánto tiempo más?

01/05/2004

domingo, 11 de enero de 2004

Miguel Ángel Menéndez Reyes

Miguel Angel Menéndez Reyes. (Foto 1968)

Los Cien Años de Miguel Ángel... (Una semblanza)

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez.

Miguel Ángel Menéndez Reyes, mi padre, nació el 11 de enero de 1904. Nació en Izamal, Yucatán aunque algunas malas lenguas digan que fue en Mérida. Reconozco que las pruebas no favorecen mi afirmación pero la sostengo. Él decía a quien quería escucharlo que su origen estaba en el pueblo donde entonces vivían sus abuelos Menéndez, los cubanos. Y la verdad es que cada quien es de donde quiere ser. Él quería ser de Izamal. Ahí vivió. Ahí se dolió de su temprana orfandad paterna. Ahí corrió descalzo su pequeño pregón por el pueblo, “guijarro en mano, humo en los ojos”, vendiendo periódicos para ayudar a la precaria economía familiar. Ahí, en la llamada Ciudad de los Cerros. Él nació en Izamal. Hace cien años.

Hoy desde París, ciudad eterna, donde vivo, tiro el puente y regreso imaginariamente al roquedal que es Yucatán para hacer esta semblanza y rendirle homenaje a mi padre en el centenario de su nacimiento. Lo merece. Lo merece a los ojos del hijo que lo quiso, que lo quiere. Lo merece a la vista de lo que hizo, de lo que logró, de lo que dió, de lo que fue.

Antonio Menéndez González, el padre de mi padre, cazador de pájaros, tejedor de sueños, muere muy joven como consecuencia de haberse precipitado de un árbol cuando revisaba las trampas de sus cenzontles, de sus chinchinbacales, de los cardenales que se volvieron rojos al sorberle el alma al flamboyán peninsular y al morir así, deja viuda a Concepción Reyes, mi abuela, con una prole de cinco hijos de los que, el segundo, de seis años de edad, era mi padre. En esa tragedia familiar se asoma a la vida Miguel Ángel quien entonces debe aprender a cabalgarla “en yegua sin rienda, en yegua sin rumbo”.

Antonio Menéndez de la Peña, mi bisabuelo cubano, maestro, hijo de maestros, hermano de maestros, padre de maestros -ahí está su escuela todavía, viendo hacia el convento, retándolo quizá desde el jacobinismo, semiescondida detrás del palacio municipal, en el Izamal donde también enseñó con doña Angela González, su mujer, mi bisabuela, también cubana-, recoge con cariño inmenso al desamparado nieto. Existe aún la humilde morada donde el huérfano Miguel Ángel vivió y aprendió, de la mano de su abuelo y sin maternal permiso, a ver de curas y sacristanes aves de mal agüero. Ahí, en ese Izamal polvoso -hoy llamado pueblo mágico por los publicistas del turismo mexicano- donde “el arco voltaico es un milagro que no revela el siglo todavía”.

Pues en aquella yegua sin rienda que tantas veces lo tumbó y a la que tantas veces volvió a montar hasta domeñarla, se fue por la vida mi padre. Salió de Yucatán temprano, porque entonces, como ahora, la patria nuestra, patria chica o patria grande, expulsaba a sus hijos, sin saber retenerlos, por esos absurdos tan bien explicados por el retraso y por la miseria. En la Ciudad de México, destino forzado de los exiliados de nuestra provincia de antaño, abrió brecha en la actividad política. Orador elocuente y fogoso, con una clara conciencia social aprendida del trabajador maya vencido con quien convivió en su infancia izamaleña, encontró quehacer en las filas del Partido Nacional Revolucionario (PNR) que le llevó pronto al Congreso de la Unión en donde, representando a su estado natal, ejerció el credo agrario que lo impulsó toda su vida política. Creía, con el General Cárdenas, que la riqueza de México y su prosperidad estaban esencialmente en la repartición de la tierra y en la reivindicación del derecho campesino mexicano.

Eran los treintas y sus propios treintas. La revolución mexicana seguía aferrada al propósito de hacer justicia regresando con la reforma agraria, a quienes trabajaban el campo, el fruto directo de su esfuerzo así como la tierra en que lo gestaban. Reforma agraria, justicia social, sueño binomial inalcanzado en el México nuestro. Utopía de la que no se repone aún la mexicanidad. El campo en nuestro país era y sigue siendo, en su generalidad, expresión brutal de la miseria. Asignatura incumplida de nuestros padres, de nosotros mismos. No supieron, no hemos sabido. Seguimos sin saber cómo. Nos ha ganado la maldita demagogia. Tal vez nuestros hijos sepan mañana. Ojalá.

Su empeño obstinado en asistir al triunfo de sus ideas y el choque de éstas con la cruda realidad (dice en sus poemas: “..te di todos mis treintas, mi llanto cívico que es el llanto verdadero y demandé justicia...mientras la justicia se daba por dinero”), sumados al arribo al poder público de quienes habrían de traicionar el ideario revolucionario mexicano, le separaron de la actividad política y le llevaron al terreno del periodismo y marginalmente también de la diplomacia. Embajador en Colombia, en la China de la segunda guerra, en la América del Sur como plenipotenciario en esos tiempos de crisis, representó a México con gallardía y honorabilidad.

Ejerció el periodismo, deformación familiar diríase. El suyo, fue periodismo de denuncia, de choque, reivindicativo. Logró integrar su propio periódico: el primer diario mexicano en inglés, el Mexico City Herald, que más tarde habría de adquirir la cadena del Novedades para incorporarlo a lo que después fue el cotidiano The News. Perseguido político como editorialista, nunca transigió frente al tirano. Tarde le sería reconocida la profunda convicción y la generosidad de su actividad periodística pero al fin, en el ocaso de su vida, recibió el aplauso de la comunidad de la prensa nacional.

Desde niño, contaba él, sintió correr por su sangre la gotita loca de la poesía y la literatura. Emprendió estas disciplinas cuando joven y nunca las abandonó aunque desventuradamente les dedicó menos tiempo y energía de los que su capacidad y talento literario hubieran merecido. En Nayar, tal vez su obra cumbre, novela laureada con el Premio Nacional de Literatura, refleja con fuerza y realismo extraordinarios, el drama lacerante del indígena mexicano –el pueblo cora, en el caso de su relato- sujeto a la perversidad y a la marginación impuestas por el régimen de conquista y dominación del cual siguen siendo víctimas. En Malintzin, ensayo histórico, revisa el perfil psicológico de la madre auténtica del mestizaje mexicano: Malinali Tenépatl, Marina La Lengua para el conquistador. En sus libros de poemas, El Rumbo de los Versos, Otro Libro, Teoría del Naufragio, entre otros, proyecta con sentimiento desbordante el arraigo profundo a su origen, a sus raíces, a su tierra. Tierra del padre mío y tierra del padre suyo: Yucatán.

De todas las enseñanzas que me legó y que hoy en la distancia crítica del tiempo le aprecio y agradezco, hay una, sobretodo una, que considero valiosa entre el vasto tesoro que heredé. Esa la capacidad de mi padre para reinventarse en la adversidad. Esa su fortaleza para renovarse, para, en la ausencia de puentes reales, ser puente de sí mismo. Hasta la fecha, lo confieso, intento seguir su consejo sabio: “.....si tu ala fuera contra viento oscuro y en turbión se tornara el rudo viento, ¡no intentes descender, alza el intento! Mientras más alto el vuelo, más seguro... A él, vivir así, le valió también morir feliz, cosa que hizo, muy dignamente, sin remilgos ni aspavientos previos, a sus 78 años, en 1982.

Hoy, yo, en este día de centenario, cursando mis sesentas, entrado en canas, desde lejos pero muy cerca, con emoción creciente, con filial orgullo, lloro el llanto de la ausencia y canto el amor eterno a mi padre...., a mi padre cariñoso y ejemplar...., a quien me dio la vida.

Publicada el 11 de enero del 2004
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