jueves, 19 de julio de 2007

La muerte de un Papa.

Por Rodolfo Menéndez y Menéndez


Anoche acudimos con gran satisfacción a la sala de conferencias de la vieja casona universitaria en el cruzamiento de la calle 60 con la 57, cuyo primoroso patio estaba fresco y reluciente después del formidable aguacero que lo había bañado por la tarde, para presenciar la presentación del libro primogénito del vaticanista Eduardo Lliteras Senties.

Nos obsequia el joven autor, en este su primer esfuerzo editorial, con una magnífica crónica de los eventos y circunstancias que rodearon la muerte del Papa Juan Pablo II y la elección de su sucesor, Benedicto XVI. Las entretelas y los secretos del fallecimiento del líder religioso y el surgimiento del nuevo, más controvertido que su antecesor, conductor del catolicismo que hoy oficia desde la cátedra de San Pedro.

Con semejante título y sin conocer al autor cualquiera pensaría que se trata, ya sea de un relato visto desde la perspectiva del rezo sumiso de un ferviente creyente ante la muerte y el féretro de su líder espiritual o de un reportaje perpetrado bajo la lupa de un trasnochado sarcasmo jacobino que arrincona a la realidad en el maniqueo desprecio al clero del Vaticano. Pero no, no se trata, para solaz del lector ni de uno, ni de otro.

Hay en el libro de Lliteras una bien estructurada crónica de hechos y datos a partir del largo sufrimiento de más de cinco años que padece Juan Pablo II como resultado de la enfermedad que antecedió a su muerte y que él mismo habría de caracterizar al afirmarle al mundo que al final, sólo se enteraba de su quebrantado estado de salud por medio de los periódicos. ¿Qué quiso decir el viejo y carismático Papa con ello? Seguramente lo que muchos sospechamos: que su entourage tomaba decisiones aún respecto de su salud sin considerar ya la realidad.

El relato está preñado de una enorme cantidad de bien hilvanados datos, muchos de ellos poco conocidos, que hacen del texto una lectura fácil e interesante. Se lee el libro de un sólo tirón. No se trata sin embargo del abuso de la anécdota para mantener la atención del lector. El autor es buen periodista y sabe dirigirse a su público, capturándolo con habilidad, pero es también un filósofo de buena línea que se detiene en la reflexión y profundiza donde debe, provocando el análisis y sugiriendo la exploración de las ideas.

El periodo previo a la muerte de Juan Pablo II, el caos que se genera en Roma el día de la muerte, a pesar de todos los esfuerzos del Vaticano para evitarlo, y la lucha por el poder entre los hombres de púrpura, son temas que se abordan con la frescura y la objetividad propias de un reportero profesional. Pero aún hay más para quien pueda interesarle: los rasgos característicos del Cardenal Ratzinger y las primeras acciones del nuevo Papa Benedicto XVI, su reafirmación en el poder supremo de la iglesia Católica.

Lo que sigue en la secuencia del mando y en la orientación del catolicismo es algo que también discute Eduardo en su libro. No hay razón por la cual no mencionar la perspectiva que se abre a esta iglesia de Cristo a partir de la encíclica “Dios es Amor”. No es el creyente el que habla, es el reportero de la historia el que lidia con los hechos y nos los presenta, tales cuales. A nosotros el juicio.

Ya al final no podía faltar la provocación. Parecería que se trata de esa proveniente de los provocadores fundamentalistas, los que se empeñan en la burla de la religión ajena esgrimiendo las libertades humanas y usándolas para agredir al campo adversario o la de aquellos otros, en el extremo opuesto, que se desgarran las vestiduras montando en cólera, el corcel de su predilección, como en tiempos medievales y destruyendo todo a su paso con el pretexto de unas inocentes viñetas de colores. Pero no, no es esa la provocación que nos espera al final del libro de Lliteras. Es la provocación que nos plantea el propio autor para que sopesemos y estemos advertidos de esa nueva entrada, la más reciente y ostensible irrupción del fundamentalismo de todos los colores y sabores, en la laicidad a la que tenemos derecho, en la sacrosanta laicidad a la que tenemos derecho, repito, todos nosotros, en nuestra humilde vida de mortales comunes.

Hago votos porque sirva este libro de aliciente al joven periodista para que nos prepare otros textos de más altos vuelos. Él es capaz y serán tales textos bienvenidos.

Mérida, Yucatán, 18 de julio de 2007