sábado, 9 de agosto de 2003

La Canícula Parisina

Viñetas de la Vieja Europa.

La Canícula: Europa sufre!

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez, desde París.

La canícula. La perrita en latín. ¿Qué tiene que ver con el calor? A Sirio, la estrella, los astrónomos de la antigüedad le llamaban también Canícula. Sucede que en ciertas latitudes abajo del Mediterráneo, en el Cairo por ejemplo, el inicio del verano, en el mes de julio, de la época de mayor calor en el hemisferio norte, coincide con que Sirio, Canícula, la estrella, se levanta y se acuesta al parejo con el sol. Es la época canicular, se decía. La del verano. La del calor.

Ahora por antonomasia la canícula es el calor. Pero no el calor, calor, sólo calor. Es el calor tórrido. En Europa, cuando el viento sobrecalentado y seco del Sahara invade desde el sur el continente y los termómetros remontan las temperaturas más altas del año. Cuando el viento frío del polo norte que atempera a esta región del mundo queda contenido en el ártico. Ahora, en agosto. Precisamente ahora. Estamos en la canícula. Europa sufre.

Es el calor. Y todas las consecuencias, que no son pocas, de la acción de este jinete del Apocalipsis. Es la sequía. Son los incendios forestales. Es la contaminación por el ozono y el dióxido de carbono. Escasea el agua de riego. El agua para usos domésticos también. Aún más, hay falta de agua para producir energía eléctrica tanto en las unidades hidroeléctricas como en las termo y núcleo eléctricas porque en éstas el agua es indispensable para enfriar a los equipos que la producen. El exceso de calor y la sequía dislocan todo. La vida cotidiana se ve seriamente afectada. Los modos de producción se alteran. El orden ecológico se trastoca.

Este año la canícula es excepcional. Hace semanas que las condiciones del clima golpean fuerte a la vieja Europa. Desde que empezó el verano han sido tres las ondas sucesivas de calor extremo que se han experimentado. La temperatura ambiente alcanza niveles nunca sentidos en algunas regiones. Por señalar el ejemplo que yo vivo, París a 40 grados centígrados. Y es en todo el continente donde se resienten las consecuencias de esta canícula. Desde Grecia en el sur, hasta Dinamarca en el norte, de Portugal en el oeste hasta Rusia en el este.

Los ríos están en niveles y con caudales récord por lo bajos. No escapan los grandes ríos: el Pó, el Danubio, el Rhin, el Loira, el Sena, todos acusan una gran disminución en sus torrentes. La agricultura y las actividades pecuarias están comprometidas y son ya sujeto de apoyos especiales por parte de los gobiernos. Anoche, en la televisión, veía las imágenes de un gran centro de producción avícola en el centro de Francia a donde los bomberos habían acudido a rociar con sus carro-tanques y mangueras las techumbres de los enormes corrales para impedir la muerte inminente de miles de aves como resultado del calor extremo. Una tragedia. Una más.

Desde hace más de diez días el Portugal se encuentra sometido a incendios forestales con una magnitud de la que no se tiene memoria en la historia de este país. “No hay palabras” dice el alcalde de Macao, 170 Km. al norte de Lisboa, entrevistado por el periódico Le Monde. “Es terrible”. Más de 100,000 hectáreas, principalmente de pinedos, hasta la frontera con España, han sido devastadas por el fuego. “Lo nunca visto”. Más de quince personas muertas combatiendo el fuego. Las autoridades centrales lusitanas han declarado el estado de calamidad nacional y piden a gritos la ayuda del exterior a sus vecinos: a España, a Marruecos. A la OTAN. Una verdadera catástrofe.

En Italia otro tanto. Desde principios de la semana pasada más de 800 hectáreas han sido destruidas por el fuego en la Toscana. La Lombardía y la Liguria también han sido afectadas severamente. En España, donde los poderes públicos desde hace años han hecho un verdadero esfuerzo por inculcar en la población una nueva cultura sobre el agua y su cuidado, se sufre también las consecuencias de la sequía y el calor: 26,000 hectáreas de bosques se han incendiado desde los primeros días de agosto. En el sur de Francia, en la región conocida como las Bocas del Ródano, cerca de la Costa Azul, en la región del Var y en los Alpes Altos, toda la semana pasada transcurrió en una lucha titánica por parte de más de mil bomberos impotentes frente al fuego, y al viento que lo aviva, que ya ha consumido más de 1,200 hectáreas de bosques preciosos. Por doquier la geografía europea parece incendiada.

También en Francia, el 50% del territorio agrícola ha solicitado ayuda a un fondo nacional para las calamidades. Sólo los agricultores del Norte y del Oeste han logrado hasta el momento resistir la sequía generalizada. Se ha establecido un sistema de distribución solidaria de forraje para evitar la muerte de cientos de miles de cabezas de ganado. No es posible por el momento establecer el monto total del daño que sufre la actividad agropecuaria, dice la prensa, pero la Comisión Nacional encargada de su evaluación ha adelantado su próxima reunión, prevista originalmente para el mes de octubre, a fines del mes de agosto que corre, ante el diluvio de solicitudes de apoyo que se han recibido por parte de los productores afectados.

La empresa nacional francesa de electricidad (EDF) ha reducido ya la potencia de sus centrales nucleares eléctricas particularmente las situadas a lo largo del valle del Ródano, en el sur, y del Loira, río, este último, cuyos cambios de “humor”, dice el corresponsal de Le Monde en Orleáns, Regis Guyotat, se aprenden en la escuela: en creciente puede llegar a los 9000 metros cúbicos por segundo, pero los estiajes pueden también ser catastróficos, como en el caso actual cuyo nivel se compara al histórico de 1949 en que el río, famoso por los esplendorosos castillos construidos desde el medioevo en su margen, no era más que una laminilla de agua de 9 metros cúbicos por segundo.

La contaminación ambiental es otro de los graves problemas que trae la canícula consigo. Los niveles de ozono empiezan a rebasar los umbrales de riesgo. Ayer la prensa consignaba que en todas las regiones de Francia se ha roto el récord histórico de contaminación por dióxido de carbono y ozono. Es una contaminación excepcional que supera tanto los niveles establecidos como la duración de la crisis en todos los confines de Francia. Y no sólo, sino que amenaza con extenderse en el tiempo, habida cuenta de las previsiones meteorológicas que anuncian hoy que lo peor está por venir.

Hace unos días, estos calores fuera de serie y la contaminación que generan, en el suroeste de Francia, respondieron por la muerte de un hombre de 32 años que acababa de escalar una cuesta en su bicicleta y quien súbitamente se sintió mal, desvaneciéndose hasta morir, víctima del medio ambiente. “Muerte anticipada” le llaman aquí, eufemísticamente, a la que es provocada por la naturaleza adversa, y que en este caso aconteció a un hombre joven pero que, por lo general, ocurre a los más desprotegidos, los niños y los ancianos, cuyos fallecimientos, prematuros, son numerosos en esta época.

En toda Europa se modifican los reglamentos de tránsito para reducir el problema de la contaminación. Prohibiciones varias. Velocidad de circulación disminuida. Transporte público gratuito. Impulso a los medios de transportación no contaminantes tales los eléctricos y la bicicleta. Pero todo ello no basta. Hoy, cosa rara, estando en el mismo barrio parisino, a unas cuantas cuadras, no podía verse el perfil de la torre Eiffel por la bruma de la contaminación. De plano, yo con miedo no salí a correr. Preferí quedarme en casa a escribir esto para ustedes.
Ese es el panorama de esta vieja Europa que enfrenta con susto sus crisis ecológicas. Sin querer trivializar lo que es tragedia para muchos diría que la única razón de humano regocijo que ofrece esta canícula asfixiante, sobretodo para un ser solitario de más de 60 años como yo, y hago este comentario con riesgo porque podría significarme inmerecidamente el calificativo denigrante de viejo libidinoso, es que en medio del calor insufrible sale uno a pasear por los parques admirables de este París siempre deslumbrante y goza en gratuidad del placer de la belleza de las francesitas, que inducidas por el clima, se despojan sin recato de sus prendas de vestir, ofreciendo al público interesado (yo soy de esos) un espectáculo de hermosura digno de aplauso generoso. Tacos de ojo le llamarían en mi tierra a este alimento que nos ofrece la canícula. Tacos de ojo para el que, como yo, desea y tiene el tiempo para observar. Que conste Julia, dije para observar

09/08/2003