viernes, 11 de julio de 2003

A Juan Duch Gary, en la hora de su muerte


Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,
querido Juan, has muerto finalmente.
De nada te valieron tus pedazos
mojados en ternura.

Cómo ha sido posible
que te fueras por un agujerito
y nadie haya puesto el dedo
para que te quedaras..   .Juan Gelman en su Gotán (1962)


Juan Duch Gary, amigo; amigo entrañable. Poeta también. Amigo y poeta. Murió trabajando en la empresa. Lo hacía para vivir. Si la tonta vida permitiera que los poetas la vivieran trabajando en lo que quieren, Juan habría muerto haciendo versos. Inspirados versos. También era cuentista, no porque los echara, sino porque los escribía. Y los escribía buenos. Si la tonta vida hubiera permitido a Juan hacer su regalada gana, Juan habría muerto escribiendo. Contando cuentos y escribiendo versos.

Pero no. La tonta vida es tonta y además injusta. No entiende lo que uno quiere, ni da lo que uno merece. Juan murió de un golpe artero que le asestó esa tonta vida en pleno corazón a la tempranísima edad de 61 años. Juan no quería morir. No todavía. Recién me lo dijo ufanándose de su juventud. Cuando en la relación epistolar que sosteníamos sin descanso por este medio moderno de la cibernáutica, por el que nos frecuentábamos, me atreví a recalcarle que entrábamos, él y yo, a paso acelerado, al otoño de nuestra vida, me replicó, con ese brillo muy suyo: “En el otoño tú, coño!......yo, aun disfruto la primavera de mi vida.... Mírate todo nevado, mientras yo sigo florido. Podrían incluso decirme canicular –agregó- porque sólo tengo canas en salva sea la parte...además de un par en el bigote”. Esto y así me dijo, riendo, como sólo los jóvenes y los poetas y los amigos ríen con uno, hace apenas unos cuantos días, el 23 de junio recién pasado.

Pues ese amigo joven y poeta murió en brazos de su querida Angelina en Coatzacoalcos, Veracruz, la Niza mexicana como él llamaba a la ciudad costeña a la que los azares laborales le habían llevado. Ahí trabajó para vivir durante los últimos seis años. Había salido de su Mérida nativa contra su voluntad, en busca del pan, del suyo y de su gente. Sabía trabajar en otras cosas que no fueran su creación. La familia, influencias de juventud, lo hicieron ingeniero agrónomo. Chapingo fue su alma máter. Aprendió ahí también las ecuaciones básicas de la economía. Como ingeniero y como economista trabajó para el campo. El moribundo Banrural fue la casa donde desempeñó su profesión por muchos años. Ahí también dio curso a su sentido de la justicia social. Porque Juan, además de amigo, de poeta, de joven, era un justo. Justo como hay pocos. Justo y recto. Honrado a carta cabal, de los que ya no hay.

Sabía enseñar. Enseñaba a sus amigos y a sus discípulos. La Universidad de Yucatán le tuvo como profesor y director de su Facultad de Economía. Ahí dio de sí. Sus alumnos le recuerdan y le quieren. Supo hacerse querer. Supo suscitar aprecio y respeto. Sólo recuerdos buenos y amistosos se escuchan de él. ¿Cuántos de nosotros aspiramos a tal logro?

Y en una de esas contradicciones que no se repiten con frecuencia, además de escribidor de grandes alas, Juan era un excelente administrador. Administraba con pausa y con lógica, con la serenidad que da la capacidad de análisis, con la certidumbre que ofrece la reflexión, con el esmero que permite la aplicación. Así, su búsqueda del pan de cada día lo llevó por diversos senderos de la empresa pública y la privada. Y escaló sus pequeñas cumbres: dirigió el Banrural regional del sureste; encabezó Cordemex, la empresa federal de memoria aciaga para el campesinado yucateco, en uno de sus períodos más difíciles. En ambos casos ajeno a la influencia política que propicia normalmente la ocupación de tales tareas, llegó a ellas recomendado sólo de su bien ganada fama de hombre recto y talentoso. De conocedor de su medio. De forjador de ilusiones que, a veces, no siempre, se convierten en realidades.

Los requiebres impensables del destino lo llevaron finalmente a la multinacional europea que supo ver en él atributos para conducir sus políticas de personal. Este cargo último que él consideró pasajero, como los otros, vería el desenlace final de su vida, en plena primavera creativa, en la que con gran entusiasmo ya había retomado la fina pluma para sus colaboraciones recientes con la revista cultural El Navegante.

Murió Juan en una madrugada en brazos del único ángel en el que creyó en su vida: su Angelina. Murió Juan como vivió: discretamente, como hacen los sabios, como obliga el talento, como hace el poeta: soñando en un verso y una estrella.

Ese hombre pulcro, honrado y recto, poeta y joven, murió feliz. A la manera de Borges logró el propósito de ser feliz siendo justo. Yo, desde mi refugio en este lado del Atlántico, le rindo homenaje usando aquella frase de Miguel Hernández, que Juan también usó para poner en boca de su personaje Oliverio Gambeta y digo: Juanito, “siento más tu muerte que mi vida”. Agrego para consolarnos, como Gambeta agregó: "no debemos abatirnos aunque la inclinación sea grande, siendo cosa del destino, dejemos que el destino se deprima".

Ese hombre muerto que fue recto y poeta y joven y sobre todo amigo, ese hombre al que lloro, era mi hermano.

 Juanito Duch, hermano, “...siento más tu muerte que mi vida...”
Rodolfo Menéndez.

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