domingo, 11 de enero de 2004

Miguel Ángel Menéndez Reyes

Miguel Angel Menéndez Reyes. (Foto 1968)

Los Cien Años de Miguel Ángel... (Una semblanza)

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez.

Miguel Ángel Menéndez Reyes, mi padre, nació el 11 de enero de 1904. Nació en Izamal, Yucatán aunque algunas malas lenguas digan que fue en Mérida. Reconozco que las pruebas no favorecen mi afirmación pero la sostengo. Él decía a quien quería escucharlo que su origen estaba en el pueblo donde entonces vivían sus abuelos Menéndez, los cubanos. Y la verdad es que cada quien es de donde quiere ser. Él quería ser de Izamal. Ahí vivió. Ahí se dolió de su temprana orfandad paterna. Ahí corrió descalzo su pequeño pregón por el pueblo, “guijarro en mano, humo en los ojos”, vendiendo periódicos para ayudar a la precaria economía familiar. Ahí, en la llamada Ciudad de los Cerros. Él nació en Izamal. Hace cien años.

Hoy desde París, ciudad eterna, donde vivo, tiro el puente y regreso imaginariamente al roquedal que es Yucatán para hacer esta semblanza y rendirle homenaje a mi padre en el centenario de su nacimiento. Lo merece. Lo merece a los ojos del hijo que lo quiso, que lo quiere. Lo merece a la vista de lo que hizo, de lo que logró, de lo que dió, de lo que fue.

Antonio Menéndez González, el padre de mi padre, cazador de pájaros, tejedor de sueños, muere muy joven al precipitarse de un árbol cuando revisaba las trampas de sus cenzontles, de sus chinchinbacales, de los cardenales que se volvieron rojos al sorberle el alma al flamboyán peninsular y al morir así, deja viuda a Concepción Reyes, mi abuela, con una prole de cinco hijos de los que, el segundo, de cinco años de edad, era mi padre. En esa tragedia familiar se asoma a la vida Miguel Ángel quien entonces debe aprender a cabalgarla “en yegua sin rienda, en yegua sin rumbo”.

Antonio Menéndez de la Peña, mi bisabuelo cubano, maestro, hijo de maestros, hermano de maestros, padre de maestros -ahí está su escuela todavía, viendo hacia el convento, retándolo quizá desde el jacobinismo, semiescondida detrás del palacio municipal, en el Izamal donde también enseñó con Doña Angela González, su mujer, mi bisabuela, también cubana-, recoge con cariño inmenso al desamparado nieto. Existe aún la humilde morada donde el huérfano Miguel Ángel vivió y aprendió, de la mano de su abuelo y sin maternal permiso, a ver de curas y sacristanes aves de mal agüero. Ahí, en ese Izamal polvoso -hoy llamado pueblo mágico por los publicistas del turismo mexicano- donde “el arco voltaico es un milagro que no revela el siglo todavía”.

Pues en aquella yegua sin rienda que tantas veces lo tumbó y a la que tantas veces volvió a montar hasta domeñarla, se fue por la vida mi padre. Salió de Yucatán temprano, porque entonces, como ahora, la patria nuestra, patria chica o patria grande, expulsaba a sus hijos, sin saber retenerlos, por esos absurdos tan bien explicados por el retraso y por la miseria. En la Ciudad de México, destino forzado de los exiliados de nuestra provincia de antaño, abrió brecha en la actividad política. Orador elocuente y fogoso, con una clara conciencia social aprendida del trabajador maya vencido con quien convivió en su infancia izamaleña, encontró quehacer en las filas del Partido Nacional Revolucionario (PNR) que le llevó pronto al Congreso de la Unión en donde, representando a su estado natal, ejerció el credo agrario que lo impulsó toda su vida política. Creía, con el General Cárdenas, que la riqueza de México y su prosperidad estaban esencialmente en la repartición de la tierra y en la reivindicación del derecho campesino mexicano.

Eran los treintas y sus propios treintas. La revolución mexicana seguía aferrada al propósito de hacer justicia regresando con la reforma agraria, a quienes trabajaban el campo, el fruto directo de su esfuerzo así como la tierra en que lo gestaban. Reforma agraria, justicia social, sueño binomial inalcanzado en el México nuestro. Utopía de la que no se repone aún la mexicanidad. El campo en nuestro país era y sigue siendo, en su generalidad, expresión brutal de la miseria. Asignatura incumplida de nuestros padres, de nosotros mismos. No supieron, no hemos sabido. Seguimos sin saber cómo. Nos ha ganado la maldita demagogia. Tal vez nuestros hijos sepan mañana. Ojalá.

Su empeño obstinado en asistir al triunfo de sus ideas y el choque de éstas con la cruda realidad (dice en sus poemas: “..te di todos mis treintas, mi llanto cívico que es el llanto verdadero y demandé justicia...mientras la justicia se daba por dinero”), sumados al arribo al poder público de quienes habrían de traicionar el ideario revolucionario mexicano, le separaron de la actividad política y le llevaron al terreno del periodismo y marginalmente también de la diplomacia. Embajador en Colombia, en la China de la segunda guerra, en la América del Sur como plenipotenciario en esos tiempos de crisis, representó a México con gallardía y honorabilidad.

Ejerció el periodismo, deformación familiar diríase. El suyo, fue periodismo de denuncia, de choque, reivindicativo. Logró integrar su propio periódico: el primer diario mexicano en inglés, el Mexico City Herald, que más tarde habría de adquirir la cadena del Novedades para incorporarlo a lo que después fue el cotidiano The News. Perseguido político como editorialista, nunca transigió frente al tirano. Tarde le sería reconocida la profunda convicción y la generosidad de su actividad periodística pero al fin, en el ocaso de su vida, recibió el aplauso de la comunidad de la prensa nacional.

Desde niño, contaba él, sintió correr por su sangre la gotita loca de la poesía y la literatura. Emprendió estas disciplinas cuando joven y nunca las abandonó aunque desventuradamente les dedicó menos tiempo y energía de los que su capacidad y talento literario hubieran merecido. En Nayar, tal vez su obra cumbre, novela laureada con el Premio Nacional de Literatura, refleja con fuerza y realismo extraordinarios, el drama lacerante del indígena mexicano –el pueblo cora, en el caso de su relato- sujeto a la perversidad y a la marginación impuestas por el régimen de conquista y dominación del cual siguen siendo víctimas. En Malintzin, ensayo histórico, revisa el perfil psicológico de la madre auténtica del mestizaje mexicano: Malinali Tenépatl, Marina La Lengua para el conquistador. En sus libros de poemas, El Rumbo de los Versos, Otro Libro, Teoría del Naufragio, entre otros, proyecta con sentimiento desbordante el arraigo profundo a su origen, a sus raíces, a su tierra. Tierra del padre mío y tierra del padre suyo: Yucatán.

De todas las enseñanzas que me legó y que hoy en la distancia crítica del tiempo le aprecio y agradezco, hay una, sobretodo una, que considero valiosa entre el vasto tesoro que heredé. Esa la capacidad de mi padre para reinventarse en la adversidad. Esa su fortaleza para renovarse, para, en la ausencia de puentes reales, ser puente de sí mismo. Hasta la fecha, lo confieso, intento seguir su consejo sabio: “.....si tu ala fuera contra viento oscuro y en turbión se tornara el rudo viento, ¡no intentes descender, alza el intento! Mientras más alto el vuelo, más seguro... A él, vivir así, le valió también morir feliz, cosa que hizo, muy dignamente, sin remilgos ni aspavientos previos, a sus 78 años, en 1982.

Hoy, yo, en este día de centenario, cursando mis sesentas, entrado en canas, desde lejos pero muy cerca, con emoción creciente, con filial orgullo, lloro el llanto de la ausencia y canto el amor eterno a mi padre...., a mi padre cariñoso y ejemplar...., a quien me dio la vida.

Publicada el 11 de enero del 2004
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